viernes, 24 de febrero de 2012

Diálogo mientras ya no estás



El teléfono no para. Los niños corren haciendo caer cuanto objeto

esté en frente. Se debilitan mis piernas y pienso en febrero. Estoy

harta de cocinar todos los días y de llevar a Jane a la escuela. Esta

vida me mantiene ocupada. No hay minutos libres para mis manos,

no hay minutos libres para mi boca. Es complicado pensarlo. He

decidido hacerlo. Qué más da. Yo les repito que hoy no quiero jugar

a las escondidas pero ellos me llevan del brazo casi que

arrastrándome por el piso de madera. Luego se esconde toda mi

inocencia y termino sola, parada en la sala, temblando, sin saber a

dónde ir. Alzo mis manos en señal de renuncia. Nunca nadie me ve,

y así me lleno de escapes interminables y no porque esto sea

cómodo, sino porque de todas formas el silencio siempre reina.


Me alisto a tiempo para alcanzar el bus. Escucho la cumbia del

amor mientras le pido al sol que no me delate. “La cumbia del amor,

la cumbia del amor”. Sudo. Saco un pedazo de papel de baño de mi

bolsillo e intento limpiar el colorete de mi boca. Sabe amargo. Así

se me ha puesto hace unos días, amargo, amargo. Pero sino me

maquillo piensan que tengo anemia. Uno debe aparentar entonces.

Uno debe cambiarse de máscara cada vez que sale afuera. -Mamá,

así no se habla, no se dice salgo afuera. -Sí cariño, mejor ve a matar

mariposas, que siempre estaré afuera donde sea que quede ese lugar.

Quedarse es otra forma de partir es guardarme los aromas en el

bolsillo de la esquina, es soñar en mi cama y despertar en el vacío,

llena de cabellos de niños recién nacidos. Un feto que libera gritos.

La traición de aquella noche, cuando ella dormía y yo me

besuqueaba con la bestia. Aquella noche me costó mil estrellas y

todo un planeta. Jane no entiende. Y yo le quiero hacer entender a

la fuerza. No es sencilla la suma cuando ni siquiera los números se

distinguen. Me he propuesto soñar con paisajes para ver si de una

vez por todas termino sumergida en la pintura de aquella pared,

matices rojos, negros y verdes. Con un sol de fondo de un amarillo

claro. Veo unas manchas rojas, a Jane le tiembla la mano de vez en

cuando. No cumplo las funciones que me encomendó mi madre y

sinceramente no tengo ganas. No sé cuando dejé de andar por la

vida riéndome como una tonta, abriendo las piernas

incansablemente hasta que los caminos encontraran su ruta. Es fácil

mirarlo, pero se complica cuando lo que miras tiene ojos que flotan

en tu espalda. Es hora de retirar a Jane y en la radio ahora

transmiten chistes flojos. Locutores de mierda. Creen que uno va

viajando con la boca abierta mientras ellos explotan de risa. El arroz

quedó medio crudo y seguro Jane querrá devorar todo apenas toque

la cocina. Deberían crearse madres con cinco brazos y el de arriba

debería alargar los días. Pensar en esto me causa gracia y mi sonrisa

se mezcla con las de los pasajeros. Todos hablan y aquí hay tanta

bulla. La escuela está vacía y Jane se ha ido.

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