El teléfono no para. Los niños corren haciendo caer cuanto objeto
esté en frente. Se debilitan mis piernas y pienso en febrero. Estoy
esté en frente. Se debilitan mis piernas y pienso en febrero. Estoy
harta de cocinar todos los días y de llevar a Jane a la escuela. Esta
vida me mantiene ocupada. No hay minutos libres para mis manos,
no hay minutos libres para mi boca. Es complicado pensarlo. He
decidido hacerlo. Qué más da. Yo les repito que hoy no quiero jugar
a las escondidas pero ellos me llevan del brazo casi que
arrastrándome por el piso de madera. Luego se esconde toda mi
inocencia y termino sola, parada en la sala, temblando, sin saber a
dónde ir. Alzo mis manos en señal de renuncia. Nunca nadie me ve,
y así me lleno de escapes interminables y no porque esto sea
cómodo, sino porque de todas formas el silencio siempre reina.
Me alisto a tiempo para alcanzar el bus. Escucho la cumbia del
amor mientras le pido al sol que no me delate. “La cumbia del amor,
la cumbia del amor”. Sudo. Saco un pedazo de papel de baño de mi
bolsillo e intento limpiar el colorete de mi boca. Sabe amargo. Así
se me ha puesto hace unos días, amargo, amargo. Pero sino me
maquillo piensan que tengo anemia. Uno debe aparentar entonces.
Uno debe cambiarse de máscara cada vez que sale afuera. -Mamá,
así no se habla, no se dice salgo afuera. -Sí cariño, mejor ve a matar
mariposas, que siempre estaré afuera donde sea que quede ese lugar.
Quedarse es otra forma de partir es guardarme los aromas en el
bolsillo de la esquina, es soñar en mi cama y despertar en el vacío,
llena de cabellos de niños recién nacidos. Un feto que libera gritos.
La traición de aquella noche, cuando ella dormía y yo me
besuqueaba con la bestia. Aquella noche me costó mil estrellas y
todo un planeta. Jane no entiende. Y yo le quiero hacer entender a
la fuerza. No es sencilla la suma cuando ni siquiera los números se
distinguen. Me he propuesto soñar con paisajes para ver si de una
vez por todas termino sumergida en la pintura de aquella pared,
matices rojos, negros y verdes. Con un sol de fondo de un amarillo
claro. Veo unas manchas rojas, a Jane le tiembla la mano de vez en
cuando. No cumplo las funciones que me encomendó mi madre y
sinceramente no tengo ganas. No sé cuando dejé de andar por la
vida riéndome como una tonta, abriendo las piernas
incansablemente hasta que los caminos encontraran su ruta. Es fácil
mirarlo, pero se complica cuando lo que miras tiene ojos que flotan
en tu espalda. Es hora de retirar a Jane y en la radio ahora
transmiten chistes flojos. Locutores de mierda. Creen que uno va
viajando con la boca abierta mientras ellos explotan de risa. El arroz
quedó medio crudo y seguro Jane querrá devorar todo apenas toque
la cocina. Deberían crearse madres con cinco brazos y el de arriba
debería alargar los días. Pensar en esto me causa gracia y mi sonrisa
se mezcla con las de los pasajeros. Todos hablan y aquí hay tanta
bulla. La escuela está vacía y Jane se ha ido.
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