Uno siempre escribe en la cabeza y en el papel nada. La tinta no quiere ser tinta y las historias madrugan en lugares fríos, distantes, oscuros y silenciosos. ¡Las historias y el silencio! Una irónica combinación, tan larga y tan dolorosa como los días de ayuna obligatoria. En una ocasión percibí el silencio de manera curiosa, diferente y pausada. Ha sido en el bus mientras iba leyendo camino al trabajo. Iba sentada con el libro en mano. Generalmente me ubico en los asientos de mi derecha para no recibir el sol. He leído que dos veces en junio y dos veces en diciembre, el sol alcanza su mayor o menor altura aparente en el cielo. Lo debo tener en cuenta para la próxima, esos cuatro días no leeré en el bus. ¡No puedo leer si el sol me aplasta toda la cara! Yo sé perfectamente en qué asientos se impregnarán los rayos con sólo observar su posición. Como siempre va a salir por el Este, yo calculo inmediatamente sus rayos y me ubico en los asientos de mi derecha, donde acecha con toda su fuerza. Luego, cuando el bus realiza varios giros, hasta lograr salir del lugar donde vivo, y avanza por la vía 4 de Noviembre, donde por fin sigue su recorrido de manera lineal, sin volverse a desviar, los rayos se ubican en el lado opuesto, y es cuando puedo abrir mi libro y comenzar a leer en paz. Pero ojo, no siempre prefiero sentarme en los asientos de la derecha, sobre todo porque la subida me queda en frente, y como siempre me gusta sentarme adelante, obligatoriamente tengo que cortar la lectura cuando por accidente, las personas que suben me pisan el pie, o pasan rozando mis zapatillas. Lo detesto. Por eso, cuando no hace sol, prefiero ubicarme en los asientos de mi izquierda, preferiblemente en el primero, el que queda junto a una ventana grande casi detrás del chofer. Sólo nos separa una lámina de vidrio oscuro. Viajo en la misma línea y conozco a todos los buses, a sus choferes y a sus oficiales. Lo mejor de este asiento es que es unitario y puedo darle dos funciones: me sirve para leer y dormir. De mi casa al trabajo hay 45 minutos. Cuando decido dormir, es porque la noche anterior ha sido complicada. Insomnio, golpes, sueños, café, bebidas, traumas, hambre, desorden en el piso, etc. De manera que si voy leyendo, significa que 12 horas atrás, había podido conciliar el sueño. Nadie me conoce tanto como para llegar a tal conclusión. Mi rutina a veces apesta. Sólo vale la pena cuando puedo concebir el silencio. Las letras en mis ojos y el mundo desaparece. Cuando no es tan bueno lo que leo también me duermo. Prefiero eso en vez de ir pensando. Las personas piensan más cuando viajan. Todos en silencio y pensando. Algunos hablan con el de al lado. Otros gritan, otros se creen cantantes de tarima. Suben a vender caramelos, te ofrecen dulces, discos, billeteras, sueños, miseria. Se rascan la cabeza y luego se huelen el dedo. También se comen las uñas. Las miradas van clavadas en las ventanas de vidrio como si a través de ellos miraran el pasado, como si a través de ellos encontraran todas las respuestas. Muchos se lamentan, miran el reloj y se impacientan. Viajar en bus es difícil. También huele feo y hay mucha tierra. Si vas de pie te van rozando y si vas sentado las mujeres te golpean en las mejillas con sus tetas. Cuando hay gente vieja huele a gente vieja, cuando suben jóvenes huele a ropa nueva y perfume chimbo. Es difícil. Pero ese día, cuando el ruído desapareció, pensé que estaba en el lugar más confortable del mundo. Del caos nace el silencio. Te sujeta y todo se vuelve nada. Te embriaga y se adueña de ese asiento. ¡Pas! De repente no hay bulla, de repente todos los pasajeros están jugando a las estatuas y las partículas de polvo se han quedado levitando en el aire. Fue hermoso, hasta casi lloro. Los vendedores no pronunciaban ni una palabra y las envolturas de los caramelos brillaban. El silencio. Y se hizo el silencio diría Pedro Sancho. Y yo no quería bajarme del bus. Quería que el viaje fuera infinito, quería quedarme en él porque había encontrado lo que dejé en la cama cuando era niña y se aproximaba la hora de dormir. Bajé del bus y una avalancha se me vino encima, es desastroso todo, especialmente la oficina, donde todo el mundo grita.
Cuadro: Kandinsky y la armonía del silencio
