viernes, 28 de septiembre de 2012

Seis horas de diferencia



Y entonces abro las ventanitas para ver si hay alguien afuera

me encuentro con una mujer minúscula y mugrienta.

Ella lleva el pelo una estopa, la cara aplastada y granos en todas partes

me mira desde su tejado y me enseña la hora:

once y cuarenta y cinco,

allá ya está amaneciendo y acá todavía los gatos vuelan.



Mi cabeza le pertenece a esta ventana, mi cuerpo a la casa.

Adentro el aparato eléctrico desgasta miradas,

mientras tanto veo elefantes en los cordeles, danzando y

danzando para mí,

de noche las luces nunca mueren, pienso,

pienso y sonrío porque el elefante carece de equilibrio.


Seis horas condicionan a la mujercita,

seis horas envueltas en mi boca a punto de estallar.


En el callejón de la vecina la espera su perra,

las tetas rozan el piso mientras saluda a su dueña.

Está llena de malos olores y heridas en el cuerpo.

No camina, se arrastra, se arrastra y huele el trasero de su dueña

“Princesa” se llama la perra.

Las veo marcharse y de nuevo la hora:

once y cuarenta y cinco en este país de muñecas de trapo.

Pausa: debo tildar unas cuantas palabras, luego regreso.

Debo además sacudirme los animales que por mi pantalón suben,

debo fijar la mirada en el punto blanco del cuadro,

ese punto que se supone soy yo.


Abajo sólo hay vacío y caras largas como escopetas,

con esta historia te saldría un gran poema, me dicen

me dicen también que los críticos me auguran un buen futuro,

la mujer de en frente dice que no con el dedo,

menea su dedo negro y luego hurga debajo de su vestido.

Ríe y danza entre los ladrillos porque sabe que allá es de día,

porque sabe que seis horas más tarde no habrá poeta ni futuro.

Una sonrisa muerta es todo lo que queda

cuando las piernas se cansan y la enfermedad apremia,

desde adentro escucho a alguien que pide que cierre la ventana,

volteo y la mujer está ahí: besando a mi hombre, consumiendo mis
horas.