viernes, 10 de febrero de 2012

Hombre


Los sábados, desde el amanecer entrabas
a ese mundo que huele a naranjas muertas.
De ahí salías cuando las horas se quedaban sin el sonido de la marcha.
Llegabas con esas manos tan largas como el camino a casa.
Siempre tambaleando, lunático.

El trago se apoderó de tus buenas intenciones.
Para el plátano del desayuno no tenías crédito,
pero a la botella le caes bien, para ella siempre llueven centavos.

Luego te sentabas en la silla café.
La cabeza fuera de órbita mientras disimulabas ver televisión.
Tu mujer en su cuarto a los recuerdos los aliña sin sal.

Ayer quisiste meter la mano al horno.
Ella dijo no, porque los panes están limpios.
¡Al diablo todo!
Igual las metiste con tanta fuerza que dañaste su figura redonda.
Los panes gritaban, era un canto de muerte para mis oídos.
Las costillas de ese cuarto comenzaron a llorar.

Desde entonces hay más espacios vacios en la cama,
que en el estómago de los niños.
Qué raro, hoy tampoco hizo frío.

Me tragué el último suspiro que estaba en la mesa.
Te imaginé haciendo el amor con la escalera y en mis manos ella.
Mis dedos no podían hacer más que cantar letras dulces, como su alma.

No deberían haber mujeres buenas,
No deberían haber vaginas frescas.

Tus hijos saben que bebes de otra leche, pero te dicen te amo.
Yo no.

Se acabaron los cuentos sobrios.
Acabo de darme cuenta,
Que la sangre es más sucia que el brasear de tu madre.
Tu machismo ya no me entra por las hendijas
desde aquel día que tocaste mis nubes, y mis nubes eran blancas.
Ahora soy una masa negra que disimula ser monja.

Todo te importaba menos la caracola.
Mi molusco está maldito, tus manos llenas de grasa, llenas de mi sangre
no me dejaron tomar impulso para seguir mirándote.
Duele cuando las piedras nacen en los talones.

Todos ríen.
Quieren tirarme agua bendita entre las piernas.
Y tú eres el punto negro de ese todo,
padre.

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